miércoles, 29 de octubre de 2014

EL PAIS DE LA GUERRA

Martín Kohan
eTERNA CADENCIA EDITORA



Fabián Casas nació en 1965 y Ariel Schettini en 1966. Es perfectamente factible conjeturar que ninguno de los dos estuvo presente en Ezeiza en junio de 1973, cuando una multitud desmesurada (el pueblo, o la gran masa del pueblo, el pueblo peronista) acudió a recibir al líder carismático que regresaba al país después de dieciocho años de exilio. Ni Casas ni Schettini deben haber estado ahí (y si estuvieron, eran muy chicos); en el registro de su experiencia vivencial, por lo tanto, “Ezeiza” ha de significar tan solo un aeropuerto, y no una matanza: no la matanza que se produjo esa tarde de 1973 y que determinó, entre tantas otras cosas, que el avión que traía a Perón bajase en El Palomar y no en Ezeiza. Esa matanza no la presenciaron, ninguno de los dos ha de haber participado de la balacera, del miedo o de la fuga destemplada. Pero en todo caso los dos, tanto Casas como Schettini, escribieron sobre Ezeiza. Casas escribió un poema que incluyó en Oda (publicado en 2003) y que se llama precisamente “Ezeiza”; Schettini escribió otro poema, que se llama “Jubileo”, y que forma parte de La guerra civil (publicado en 2000). Ambos textos se nutren por igual de eso que sería un reverso exacto de la legalidad del testimonio: su fundamento no es el que certifica: yo estuve ahí, sino justamente lo contrario: un muy resuelto yo no estuve ahí. Eso escriben: que no estuvieron ahí; y por eso escriben: porque no estuvieron ahí. Su escritura expulsa entonces, por necesidad, aquellos universos (el testimonio, la realidad, la verdad) que suelen asociarse con el registro político de la literatura; pero no por eso hay que entender que expulsan a la política misma. “Ezeiza”, de Fabián Casas, y “Jubileo”, de Ariel Schettini, son, decididamente, dos poemas políticos, y esta adscripción es evidente; aunque no es menos evidente que fueron escritos –para expresarlo de alguna manera– cuando el siglo veinte se terminaba, y publicados –para expresarlo de la misma manera– cuando el siglo veinte ya se había terminado. Que la ausencia en el acontecimiento histórico se haya vuelto un requisito para la escritura debe verse, tal vez, como una marca de época.




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