sábado, 29 de septiembre de 2012

ORYX Y CRAKE

Basta fijarse en los bellos y sutiles contrastes que dan comienzo a la última novela de Margaret Atwood para compartir con ella la pregunta que usa como premisa: ¿es el caos un invento del ser humano? ¿Existía caos antes de que alguien pronunciara la palabra caos? ¿Por qué el Jardín del Edén bíblico se vuelve una interpretación cada vez más certera del homo sapiens -a diferencia de La Evolución de las Especies, el Popol Vuh o la caverna platónica-, lo que explicaría que la ciencia ficción sea una lectura más relevante que el moderno espejo de la novela realista? El protagonista de Oryx y Crake se nos presenta en medio del bosque, durmiendo en la copa de un árbol. Cuando despierta, escucha el océano a pocos metros, una bandada de pájaros que grazna en el cielo, el viento y un río. No hay rastro de ese bullicio superpoblado que hoy llamamos civilización, ya que ha sido extinguida por su propio contagio y su propia contaminación. Coral, ramas, neblina, playa es todo lo que se describe en el paisaje inicial de esta novela; equilibrio, armonía entre el sonido de la palabra y el objeto que nombra en la página. La placidez de este cuadro quieto, sin embargo, es perturbada por el protagonista -acaso el último ser humano de la Tierra-, y no porque se dedique a talar bosques, a esclavizar animales o a fabricar energía nuclear. No. El desajuste, la desarmonía, el caos es su persona: se despierta y se golpea en la frente, habla solo, cae desde el árbol, gime, balbucea, suda, es picado por mosquitos, se lamenta, gruñe, cojea, se da innecesarias vueltas sobre sí mismo, se rasca en la cabeza, no entiende, grita. Todo en él es complicación. Jimmy, el protagonista, ahora se hace llamar Hombre de las nieves; está vestido con una sábana, lleva en su brazo un reloj oxidado que siempre marca el mediodía. Todo en él es abigarramiento, todo en él es inútil. Cada cierto tiempo escucha distintas voces que lo contradicen, que se burlan de él o le lanzan cariñosas ironías. También vienen a su mente enumeraciones de palabras en desuso, palabras hermosas o de sonido difícil: palabras en un mundo sin humanos, tan absurdas como un templo azteca en el año dos mil cinco después de Cristo. Los nuevos humanos, esa tribu genéticamente creada para vivir en paz y armonía que vive en el bosque, lo observan con la admiración de las personas sensibles ante los ancianos y los cadáveres. Paradójicamente, tras la catástrofe, cuando no quedó nada, Hombre de las nieves eligió llamarse así siguiendo el código con que Crake -su mejor amigo y el científico loco que derrumbó todo- designaba a los empleados de su compañía de productos genéticamente mejorados: Panda, Dodo, Quaga, Rinoceronte blanco, Oryx, León Africano, Crake. Nombres de formas extinguidas, entre las cuales ya se cuentan el hombre y la nieve (producto del hoyo de la capa de ozono). No obstante, en la infancia de Crake y de Jimmy ambos se divertían mucho practicando un videojuego llamado Extinton, donde precisamente cada jugador se apodaba como una criatura desaparecida; para ellos dos, Hombre de las nieves era entonces un nombre con mucho sentido. Y también a los nuevos humanos -los habitantes del futuro- les causa fascinación el apelativo Hombre de las nieves, porque así se llama su profeta, aquel que los sacó del centro de experimentaciones genéticas y los llevó al bosque frente al mar, aquel que les enseña los designios del dios Crake y la diosa Oryx, sus creadores. Es sólo en el presente de Hombre de las nieves cuando las palabras son vacías. En su infancia y en el futuro cada palabra absurda que le viene dolorida a la memoria estaba y estará colmada de sentido. Margaret Atwood recurre al posible desastre donde nos llevará el desarrollo comercial de la biología genética para darle nueva relevancia a la perspectiva judeocristiana del tiempo, del presente y el futuro. Dios creador y bueno, el paraíso original, la caída, la redención por el Mesías, la postrera vida eterna efectivamente son los hitos que guían la novela, pero su originalidad está en entender que hoy existen hombres en condiciones de manipular vida y eternidad, que sin embargo no tienen nada que ver con la bondad. El paraíso o la vida eterna no lo podrán crear los complejos de investigación genética, ni ninguna iglesia. Es un asunto complejo, personal pero no individual, pues se trata del amor, parece decir Atwood cuando narra que en medio del caos hubo una pareja que, reunidos, habitaban el paraíso -los amigos Jimmy y Crake, jugando videojuegos, inventando palabras, riéndose entre ellos y burlándose del resto del mundo-, y sin embargo fueron expulsados al crecer; o que en medio del caos había tres adultos que trabajaban en un proyecto llamado "El Paraíso" -los amigos Jimmy y Crake, cada uno enamorado y amante de la bella Oryx-, y sin embargo cada uno hizo lo posible por excluir al tercero, saboteando de paso el proyecto y destruyendo el resto del mundo. Jimmy, expulsado dos veces del jardín del Edén, ahora se llama Hombre de las nieves, nombre que remite a un antiguo esplendor pero que también lo hace recordar una derrota. Y sin pedirlo debe hacerse cargo de los hijos de Crake, esos nuevos seres, ingenuos, buenos e inteligentes, extremadamente diferentes y al mismo tiempo semejantes a él mismo. Como Lucifer, antaño Luzbella, que según la tradición judeocristiana fue expulsado de los cielos y se convirtió en quien gobierna a los seres humanos.


Prolífica poetisa, novelista, crítica literaria y activista política, fue reconocida en el mundo por su obra.
Es miembro del organismo de derechos humanos Amnistía Internacional y copreside BirdLife International, en defensa de las aves. En la actualidad divide su tiempo entre Toronto y Pelee Island en Ontario.
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