sábado, 29 de septiembre de 2012

EL TURNO DEL ESCRIBA

GRACIELA MONTES
EMA WOLF
Ed Alfaguara
Previo Alfaguara de novela 2005

Dos escritoras cercanas a los 60 años de edad, dedicadas durante décadas a la literatura infantil, suelen reunirse en un café a hacer planes para escribir juntas una novela histórica que les permita alcanzar el reconocimiento de los lectores adultos y de la crítica. Tras un arduo trabajo de investigación y redacción, ese libro obtiene uno de los más importantes premios literarios y convierte a las autoras en celebridades internacionales. Esta historia no es ficción, es la de las escritoras argentinas Graciela Montes (Buenos Aires, 1947) y Ema Wolf (Buenos Aires, 1948), y su libro El turno del escriba, ganador del Premio Alfaguara de novela 2005.

Montes y Wolf nos remiten a la Génova de fines del siglo XIII, a la prisión en la que es recluido el veneciano Marco Polo (Génova y Venecia se encontraban entonces en guerra) al regreso de sus viajes y aventuras por todo Oriente. Polo comparte una celda con el escriba pisano Rustichello; quien al escuchar los fabulosos relatos del veneciano decide escribir a partir de ellos un libro cuyo éxito les permita a ambos salir de la prisión. El turno del escriba narra más que nada las dificultades que tiene que superar Rustichello para transcribir furtivamente, durante el trabajo burocrático diurno al que está obligado, las historias que su compañero de celda le cuenta cada noche.

El riguroso trabajo de documentación histórica de Montes y Wolf les permite describir detalladamente la labor de Rustichello, tanto de copista (el tipo de plumas y materiales que usaba, la forma en que corregía y ordenaba los textos) como de auxiliar de un juez de robos. Esta última, que le da al protagonista el privilegio de andar por la ciudad, es un buen pretexto para que se recreen transacciones comerciales, ritos religiosos populares y todas las actividades cotidianas de la Génova de entonces. Se trata de extensas y complejas descripciones en las que las autoras apelan a su buen manejo de la prosa y a todo su oficio literario.

Pero las abundantes y excesivas descripciones dan lugar, como ya han señalado los críticos españoles e hispanoamericanos, a "una saturación informativa, un desborde de nombres y enumeraciones que poco aportan al relato" (Soledad Quereilhac) y que más bien entorpecen la propia narración novelesca. A esto hay que sumar otros problemas: el poco desarrollo de los personajes (Marco Polo parece más una máquina que cuenta historias que un ser humano), la ausencia de diálogos y de una verdadera trama narrativa (con picos de tensión), o el humor casi infantil que apela constantemente a elementos escatológicos.

Estas características se han convertido casi en constantes de las novelas históricas más recientes, especialmente de aquellas escritas por autores "académicos", (el caso más reciente en el Perú es Neguijón de Fernando Iwasaki) que creen que pueden suplir la capacidad de fabular (crear historia de interés), la densidad psicológica de los personajes o los aspectos simbólicos del texto por únicamente el trabajo de investigación histórica. Novelas cuyo paradigma literario son El nombre de la rosa de Umberto Eco o, en español, La caverna de las ideas de José Carlos Somoza, ambas protagonizadas también por copistas o traductores.

La reflexión acerca del proceso de creación literaria, que este tipo de personajes permite realizar, es uno de los aspectos mejor explotados por Montes y Wolf. Y no por las reflexiones en sí (no resultan muy originales ni profundas) sino por la ironía con que se abordan los problemas de la propia novela; como cuando Rustichello agobiado por los detalles económicos y cotidianos de los relatos de Marco Polo le explica que los lectores esperan "historias, deleitarse con noticias de milagros y estremecerse con la relación de pecados horrendos". El turno del escriba no es una mala novela, aunque tampoco llega a estar a la altura de las expectativas creadas en torno a ella.



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